Intoxicada
Anochece y era de suponer que fácil seria para Ana encontrar el camino de vuelta a su cama. Tanto había vagado por la ciudad que todo amigo reconocía en ella su buen sentido de la orientación.
Ella camina y mina el suelo al tiempo que mata las estrellas del cielo esperando que pronto la ilumine el sol. Si algo le generaba incertidumbre era la noche. Ya estaba cansada de esquivar los juegos que los gigantes blancos realizaban al costado del camino. Seres extraños, almas escuálidas y traslúcidas que estiraban su cuello para comer un pedazo de Venus.
En eso un dueto se bate a duelo y disueltos sus cuerpos sueltos en el suelo quedan, así pues la muerte, ama y dueña de sus cuerpos, sella sus contratos. Ana transita lo sucedido casi sin mirar, siente prisa por llegar a su camita. Inmediatamente una estela la atraviesa y la paraliza, es una red de gigantes que le obstaculizan el paso.
-No puedes marcharte sin antes llorar – le dijo el gigante más transparente, transparente por viejo.
-Yo no tengo a nadie para llorar – contestó Ana
-Todos tenemos que llorar niña, los dos que murieron nos gobernaban y ahora estamos a la deriva ¡LLORÁ!
-¡No voy a llorar! No voy a llorar por ustedes.
N-o te dejaremos ir – el gigante más brillante, brillante por joven, le contestó.
-No pueden detenerme mucho tiempo, el sol sale y ustedes desaparecen – dijo Ana.
-¡Nosotros no desaparecemos niña tonta! – dijo el viejo – ¡no nos ves que es distinto!
-Tengo que volver a mi cama
-Tenés que llorar por nuestros amigos
-No puedo llorar
-No podrás irte
-No puedo llorar
-No podrás irte, no podrás irte, no podrás irte – en tono burlón cantaron los gigantes.
Ana gira su cuerpo, mira el camino y recuerda sus pasos.
-Atrápenme – les gritó
Ella empieza a correr el camino que antes realizó. Los gigantes torpemente desenredan sus tobillos y rodillas para seguirla. «Almas inútiles» piensa Ana.
Tras ella el suelo sublimemente estalla convirtiendo a los gigantes en pedazos de lluvia blanca.
Ana canta victoriosa mientras recoge del suelo la tela oscura de la noche que dobla en cuatro y guarda en su mochila. El sol brilla intenso, Ana contempla el paisaje y mira el final, su cama la espera cómoda y bien tendida.
FIN
CechuG
A veces yo pinto
Otro cuento sin titulo (pero que insulto)
La noche del jueves el padre de Luna invito a toda su numerosa familia a cenar. Tenía una noticia muy importante que darles. El negocio familiar, el verdadero negocio de la familia había sido descubierto por un grupo de políticos, que ahora le exigían un tributo por su silencio. Luna, la menor de cuatro hermanos varones, ayudaba a su abuela cuando su padre llamo a todos alrededor de la mesa.
-Necesito que uno de ustedes haga un depósito mañana para estos tipos, si no lo hacemos vamos a estar en problemas – dijo fríamente el padre de Luna.
-¿Y quién querés que haga el trabajo papá? – preguntó el hermano mayor.
- Quiero que vaya Luna, la policía los tiene muy fichados a ustedes, además es hora de que Luna empiece a hacer cosas por la familia.
Luna sintió el peso de la responsabilidad en sus hombros. Estaba asustada y ansiosa. Conocía muy bien como solía resolver los problemas su padre. El viernes por la mañana tomó un taxi hacia el banco.
Llevaba una hora esperando para hacer el depósito, “No quiero fallarle a mi papá” pensaba. Estaba preocupada por resolver rápidamente el problema de su familia. Entonces resopla y mira la hora, faltan diez minutos y la cola sigue a paso de tortuga. La razón: el cajero, muy risueño, habla por teléfono. Cuando falta un minuto para el cierre del sistema, le llega el turno. Aliviada suelta un suspiro y se acerca a la ventanilla.
-Hola, para depositar – le dice al cajero.
Este susurra “espera, mi amor” al tubo que sostiene entre el hombro y la oreja, mira la pantalla de la computadora y le contesta:
-Ya cerró el sistema.
-¡Pero falta un minuto!- y con mano temblorosa señala el reloj de la pared, que marca las 13:29.
-¡Un minuto las pelotas!- exclamó el cajero- cerro el sistema y punto ¿te hago un planito explicativo?
-Escúchame hijo de una camionada de putas – le contesta Luna apretando los dientes- si te pasas los últimos quince minutos explicándole a la pobre condenada de tu mujer que lo que te sucede es normal y le pasa a todos los hombres no es mi problema, ¿si querés te hago un planito de cómo lo tenés que usar? Necesito hacer este depósito ¿te queda claro?
-Tu depósito no es mi problema – le contesta el cajero con un timbre de vos que parecía invitarla a pelear.
- Como tampoco es mi problema ni el de ninguno en la fila, enterarnos de tu problema de precocidad, además que no sabes cómo usarlo con mujeres.
-Ya te gustaría a vos que te la pusieran más seguido, ¡frígida! – le contesta el cajero suavemente y mirando su escote.
- ¡Ya te gustaría a vos hacerlo con mujeres de verdad sin que le tengas que rogar!- contesto Luna golpeando el vidrio con la mano cerrada.
- Para un poco, pedazo de pelotuda, ¿qué tenés en la cabeza, enfermita?. Este es una institución respetable acá no podes hacer los teatritos que harás en tu casa. Yo mismo te voy a sacar a patadas – contesta el cajero levantándose de la banqueta.
Dale – amenaza Luna- si sos tan MACHO, vení sácame, PUTO, te vas a sentir muy PUTO cuando te enteres de quién soy yo en verdad, te va a quedar ardiendo el culito, téne mucho cuidado cuando estés solito
-¡Bueeeeno! no seas estúpida, si te hacen falta unos besos, yo te lo puedo solucionar – y sobradamente la mira de abajo arriba.
- ¡Como te va a doler! Vas a lamentar muchísimo, ¡pero muchísimo! Voy a hacer que te rompan tanto el culo que vas a terminar mirando con cariño a mis hermanos.
Luna se acerca le da un beso al vidrio a la altura de la boca del cajero, se da media vuelta y empieza a caminar, pero antes de salir completamente, lo miró, sonrió y le regaló un último beso al aire.
El cajero respira profundo y suspira. Agarra su abrigo, la mochila y saluda a sus compañeros mientras sale del trabajo. Ese día volvió tranquilo a su casa, por el mismo camino que acostumbraba hacer.
Entro, colgó el abrigo, tiro la mochila; hasta el momento todo era rutinario, aunque las palabras de aquella loca lo aturdían. Luego de cenar, el timbre del teléfono lo hace saltar de la mesa. Corre apresurado a contestar levanta el tubo, saluda, pero del otro lado no sucede nada. Sin sumarle importancia corta empieza a levantar la mesa. A los 15 minutos el teléfono vuelve a sonar repitió la misma escena. Luego de una hora el teléfono vuelve a sonar, “lo voy a dejar sonar hasta que se harte” piensa. Pero su curiosidad es más intensa y corre a atender. En el momento que se dirige a contestar el teléfono, un ruido ensordecedor convierte su puerta de ingreso en un millón de astillas suspendidas en el aire. Su reacción lo lleva a esconderse atrás del sofá. Cuatro hombres vestidos de negro y con pasamontañas en la cabeza entran. El pobre cajero sentía como sus latidos retumbaban en las paredes, las palabra de la loca de mierda del banco estaban tan presentes que las veía dibujadas en el espacio. Uno de los hombres lo agarró del tobillo derecho y lo arrastro por el living hasta sentarlo de un solo movimiento en una silla del comedor, mientras otro de ellos el más flaco pero no menos alto lo sujetaba a la silla y lo maniataba con un cable.
-¿Qué quieren hijos de puta? – grita desesperadamente el cajero.
Pero ninguno de los cuatro que estaban rodeándolo contestaban. Entonces cuando su mundo se sostenía con cuatro alientos, las partículas de astillas aun flotaban por la sala y el aroma de comida aun se percibía en el aire. Se hicieron presentes los pazos de una mujer, suaves, delicados y elegantes, armoniosamente sincronizados con su palpitar. Luna llegó hasta su rostro tomó su mentón lo levanto hasta sus ojos y le dijo!
- ¿Esperaste mucho mi amor?, ¡ahora vamos a jugar!
Ella le cerró los ojos, beso su frente y el mundo desapareció.
FIN
CechuGasppari
Tomates Intrigantes
Uno, dos, tres, quince, veinte, ochenta, noventa y cinco, doscientos treinta y cuatro millones de personas que, secuencialmente con pasos más lentos o más rápidos, generaban un ritmo monótono en mi cabeza, mientras transitaban por el espacio que celosamente había hecho mío, esperando hace mucho tiempo en ese maldito y desagradable aeropuerto.
Arrastrando una asquerosa semana, todos estaban esperando que pase algo… Un avión que llegaba de China explotaba a metros de la torre de control mientras que unos terroristas nos secuestraban y amenazaban con estallar en mil pedazos y un grupo de narcotraficantes era capturado con 175 kilos de cocaína entre sus pantalones. Trágico, no pasó nada. Mi vuelo se anunció en los parlantes y la alegría fue inmensa. Cerré la sesión de mi blog, apagué mi computadora y me largué de ese lugar.
“Sublime” es la palabra que introduce al nudo de esta historia. El avión no sé dónde bajó. Sinceramente estaba perdida. Internet era todo lo que me mantenía conectada con ustedes, y agradezco a ese mágico dios que inventé en mi infancia por mantenerme on-line. Lo extraño es que no hay datos de esta tierra en la red.
Mi primera noche en ese lugar. Imagino la onomatopeya que describiría perfectamente lo que es la noche en este lugar y no existe. Esta ciudad parecía brillar, literalmente, todo objeto, persona, animal, vegetal emitía luz. Es así como encontré una flor resbaladizamente bella. La divinidad que se encargaba de ella la pasó por alto y ni un rico perfume le regaló. ¡Esta ciudad es una fiesta kitsch!
Tenía hambre y tenía que encontrar un lugar para comer y dormir. Un hombre altamente rebuscado, con sombrero encorchado, los botones estampados y el saco a punto de salir despedido por la presión, me auspició de guía turístico. Señaló un bodegón, cruzando la calle a dos negocios y me sugirió que pidiera los tomates, luego se fue dejando un halo de luz fluorescente.
Cansada de estar perdida en esta ciudad de brillantina, me desplomé en la banqueta, suspiré profundamente, me dolían tanto las piernas. Me atendió en la barra una mujer que fijaba su vista en una esquina, no miraba al receptor, no miraba nada. Ella sugirió que pidiera los tomates rellenos y ante mi poca voluntad por leer la carta, acepté sin pensarlo.
Era la encargada del lugar. Decían los vecinos, que era una mujer encantadora. Conseguía enamorar a todos sus galanes con su primer aliento en la mañana. Su boca algodonada sabía producir esas palabras que dominaban. En su cuello, usaba siempre un collar penetrante y doloroso a los ojos de cualquier mortal y acompañaba su bijouterie con una pulsera que era un cuadro enmarcando su muñeca.
En aquel momento mis oídos empezaron a captar otra frecuencia. Era como tener un balde en la cabeza y que lo estuvieran golpeando. Fue lo que me produjo el primer bocado de esos tomates. Al terminar el plato estaba tan satisfecha que sentía mi alma observándome desde el espejo detrás de la barra. La encantadora se acercó tanteando los platos, encontró mi mano y en ella colocó un collar.
El desenlace de mi historia es un viaje sicodélico, ¿Querían emoción? ¿Esperaban suspenso? Los resultados fueron intensos. Una voz empezó a llamarme, me decía que entrara al agua, que probara la sal, que era algo natural, que sintiera como las olas mojaban mi cadera. Me sumerjo en el mar, nado hasta el final, el collar brillaba y me indicaba por donde andar, ya no nadaba, caminaba sin problemas bajo el agua. Miles de luces aparecieron, se me pegaban en la piel y empezaron a asfixiarme. Me desmayé y cuando desperté, era una participante más de su fiesta kitsch.
Y ahora estoy aquí, brillando como todos los demás, atendiendo a los viajeros desorientados que llegan a mi bodegón cruzando la calle. Encantando a mis galanes, luciendo un collar penetrante, mientras le sirvo mis tomates a esa muchacha que fui.
Fin. CechuG




